"Es una ley para crear empleos (...). Las empresas se van a volver
literalmente locas", afirmó Trump al sellar la reforma fiscal en la Casa
Blanca en diciembre de 2017, acompañado por la plana mayor de su
Gabinete.
La norma conlleva la rebaja del impuesto que pagan las empresas del 35 % al 21 %, y en menor medida para los trabajadores.
El mandatario considera que este enorme recorte de impuestos es en gran
parte responsable de la aceleración de la economía en EE.UU., junto con
su agenda de desregulación, y de que la tasa de desempleo se encuentre
en el 3,7 %, cifra no vista desde hace casi medio siglo.
Trump prometió elevar el crecimiento económico a cerca del 4 % anual
una vez llegase a la Casa Blanca, y aunque no se ha alcanzado esa cifra,
lo cierto es que la primera economía mundial se espera que mantenga un
crecimiento sostenido de en torno al 3 % en los próximos dos años.
Lo que el mandatario no menciona es que este masivo estímulo fiscal
supone agregar en los próximos diez años 1,5 billones de dólares a la
deuda pública, que actualmente ya supera los 20 billones de dólares,
según datos de la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO).
El otro gran eje económico de Trump es su agresivo proteccionismo
comercial, que le ha llevado a aplicar aranceles a las importantes de
socios como China, la Unión Europea (UE), Canadá o México, con el
objetivo declarado de resucitar el, a su juicio, "moribundo" sector
manufacturero estadounidense.
Con Canadá y México, el
mandatario se anotó una victoria al lograr reformar, tras meses de
negociaciones y reproches, el Tratado de Libre Comercio de América del
Norte (TLCAN) en vigor desde 1994, y que incluye reforzar las exigencias
de producción doméstica.
La tensión prosigue, sin embargo, con Pekín, algo que es motivo de preocupación global.
A finales de septiembre, EE.UU. impuso aranceles del 10 % por valor de
200.000 millones de dólares a una serie de productos chinos, en el marco
de la guerra comercial que libra con el gigante asiático.
"Si China toma represalias contra nuestros agricultores u otras
industrias, inmediatamente iniciaremos la tercera fase, que consiste en
aranceles de aproximadamente 267.000 millones en importaciones
adicionales", dijo Trump entonces.
Las dos mayores
economías del mundo están inmersas desde hace meses en una guerra
comercial por los aranceles que Washington está imponiendo a las
importaciones chinas, y las consiguientes represalias de Pekín.
Trump considera que el déficit comercial de su país en su intercambio
con China, que calcula en 376.000 millones de dólares anuales, es
inaceptable y tiene que equilibrarse.
"Con suerte,
este problema comercial se resolverá, en último término, por mí y el
presidente chino, Xi Jinping, hacia quien tengo un gran respeto y
afecto", indicó Trump en septiembre.
Se espera que
ambos líderes puedan sostener un encuentro bilateral en el marco de la
cumbre del G20, que tendrá lugar en Argentina el 30 de noviembre y 1 de
diciembre.
En el marco de estas guerras comerciales,
el Gobierno de Trump se vio obligado a lanzar en julio pasado un plan
valorado en 12.000 millones de dólares para compensar a los agricultores
perjudicados por los aranceles de represalia con que respondieron otros
países.
A medio y largo plazo, los analistas
consideran que la agenda de nacionalismo económico supone "dispararse en
el pie", en palabras de Larry Summers, exsecretario del Tesoro, en un
reciente artículo.
"Esto es realmente un
proteccionismo estúpido", dijo Summers al asegurar que acabará dañando a
largo plazo la competitividad de la economía estadounidense.
Trump alardea de la marcha de la economía
Trump destacó el crecimiento económico de Estados Unidos y sus políticas
nacionalistas en actos de campaña con los candidatos republicanos antes
de las elecciones para el Congreso del martes, mientras que el
exvicepresidente demócrata Joe Biden instó a los votantes a rechazar las
divisiones.
El control de ambas cámaras del Congreso, actualmente dominado por
los republicanos, y 36 cargos de gobernadores estarán en juego cuando
los estadounidenses vayan a las urnas para las elecciones del 6 de
noviembre.
El interés ha sido inusualmente alto para un año de
elecciones no presidenciales, con una mayor votación anticipada que en
ciclos pasados.
Los sondeos de opinión y firmas de encuestas
independientes muestran que los demócratas tienen altas probabilidades
de ganar los 23 escaños que necesitarían para una mayoría en la Cámara
de Representantes, que podrían usar para lanzar investigaciones sobre el
gobierno de Trump y bloquear su agenda legislativa.
Por
otro lado, los republicanos probablemente mantendrían el control del
Senado, cuyas facultades incluyen la confirmación de los nominados de
Trump a asientos vitalicios en la Corte Suprema.
“América está
surgiendo. Los republicanos aprobaron una gran exención tributaria para
las familias trabajadoras y pronto seguiremos con otro recorte de 10 por
ciento para la clase media”, declaró Trump, en un acto de campaña en
Belgrade, Montana.
En diciembre del año pasado, Trump promulgó la
mayor reforma fiscal desde la década de 1980, que bajó la tasa
corporativa a 21 por ciento desde 35 por ciento.
La participación
del mandatario buscaba impulsar la campaña de Matt Rosendale, el
auditor general que compite contra el senador demócrata Jon Tester.
En
sus campañas, los republicanos en muchos distritos han tratado de
resaltar el robusto crecimiento económico del país, aunque Trump además
ha centrado sus intervenciones en su línea dura contra la inmigración,
con la que busca frenar el ingreso legal e ilegal de personas a Estados
Unidos.
Biden estuvo en Ohio el sábado en apoyo del senador demócrata Sherrod Brown y del candidato a gobernador Richard Cordray.
“Estamos
en una batalla por el alma de Estados Unidos”, dijo Biden ante una
multitud en Cleveland. “Nosotros los demócratas tenemos que dejar claro
quiénes somos. Elegimos la esperanza sobre el miedo, la unidad sobre la
división, a nuestros aliados sobre nuestros enemigos y la verdad por
sobre las mentiras”.