NUEVA YORK.- Para finales de este año, 270 millones de personas podrían vivir en
condiciones de hambruna, según el Programa Mundial de Alimentos de las
Naciones Unidas, un aumento en comparación con los 149 millones de
personas que ya estaban en este riesgo antes del covid-19. Si agregamos
los efectos disruptivos del cambio climático y la población cada vez
mayor de nuestro planeta, vemos tiempos difíciles por delante.
Para
2050 —el año en que una creciente lista de países tiene como meta haber
reducido a cero sus contribuciones al cambio climático—, la ONU
proyecta que la población mundial será de 9.700 millones, y estará bien
encaminada para alcanzar los 11.000 millones en 2100.
La presión para
producir más alimentos, o al menos para ganar más dinero con la
agricultura, está llevando a países a despejar bosques y humedales para
granjas y a desviar la escasa agua dulce para cultivar en el desierto.
¿Pero es esto realmente necesario? ¿Podríamos aumentar la oferta de
alimentos y al mismo tiempo proteger los preciosos recursos silvestres?
Dada la cantidad de
personas en la Tierra y la cantidad que cada una normalmente come,
¿podríamos alimentarlas a todas utilizando tan solo nuestra
infraestructura agrícola existente? La respuesta fue “sí”, y hasta más.
Hipotéticamente, al menos, podríamos alimentar a la población de dos
planetas Tierra sin despejar una sola hectárea de tierra. Así es como lo
lograríamos.
Hay
cerca de 7.800 millones de personas en el planeta ahora, y cada una
necesita aproximadamente 1,4 kilogramos de comida en promedio por día,
sin incluir el agua. Eso significa que necesitamos alrededor de 3.700
millones de toneladas métricas de alimentos al año para alimentar a
todos.
En este momento, el mundo produce cerca de 4.000 millones
de toneladas métricas de alimentos al año, pero aproximadamente 1.300
millones de toneladas se desperdician, según la Organización de las
Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus
siglas en inglés). Un estudio internacional dirigido por investigadores
de la Universidad de Edimburgo elevó esta cifra aún más, lo que sugiere
que hasta 44% de la producción agrícola nunca se consume.
Las
naciones en desarrollo desperdician tanta comida como las desarrolladas,
lo diferente es cómo se desperdicia. En los países ricos, más de 40% de
las pérdidas se producen a nivel minorista y de consumo. Si bien
algunos están tratando de limitar esas pérdidas desviando los alimentos
que expiran hacia la población pobre, las regulaciones de seguridad
usualmente dejan poca opción a los restaurantes aparte de descartar los
alimentos no consumidos.
En los países más pobres, donde los
hogares desperdician mucho menos, la ONU estima que más del 40% de las
pérdidas de cultivos ocurre entre los campos y los estantes de las
tiendas. En India, por ejemplo, algunas de las mayores pérdidas se
producen durante la cosecha misma, y los productos frescos a menudo se
pudren en el camino al mercado debido a retrasos en el transporte y la
falta de refrigeración.
Una investigación de Esri, un proveedor global
de datos geográficos, sugiere que si consideramos el potencial
desperdiciado de las tierras agrícolas mal utilizadas, entonces solo del
30% al 50% de lo que podríamos cultivar llega a nuestros estómagos.
La
mayor parte de las ganancias potenciales en la producción provendría de
cultivar la tierra que tenemos de manera más eficiente, a través de la
mecanización, mejores semillas y opciones de cultivo y un mejor riego.
Algunos desperdicios e ineficiencia son inevitables: malas cosechas,
plagas, mal tiempo y dificultades logísticas son algunas características
de un sistema imperfecto.
Pero, en un mundo perfecto, utilizando la
estimación de Esri, junto con las estimaciones de desperdicio de
alimentos de la ONU y otros, podríamos suministrar 9.000 millones de
toneladas métricas de alimentos al año, o 2,4 veces más de lo que
necesitaríamos para alimentar a cada persona en el planeta.
Es
posible aumentar el suministro mundial de alimentos sin depender de una
eficiencia mejorada o un menor desperdicio. Según una investigación
citada por la ONU, 890.308.413 hectáreas de antiguas tierras de cultivo
degradadas podrían restaurarse a través de un uso más responsable de
fertilizantes y riego. Parte de esa tierra se utilizaría para la
reforestación, pero aun así, el resto podría producir cerca de 500
millones de toneladas de alimentos al año.
Mejores hábitos
alimenticios también podrían ayudar. Investigaciones de Italia sugieren
que hasta 140 millones de toneladas métricas de exceso de alimentos,
suficientes para alimentar a más de 270.000 personas, se consumen cada
año. Esto genera obesidad y problemas de salud crónicos como presión
arterial alta y diabetes tipo 2 (llevar esa comida a la población
desnutrida, por supuesto, sería un asunto completamente diferente y
extremadamente complicado).
No todos los cultivos comestibles
tienen como destino la plataforma alimentaria. Por ejemplo, se utilizan
casi 600 millones de hectáreas de tierra para producir etanol. Esto
significa que grandes cantidades de maíz, trigo, arroz, sorgo, caña de
azúcar, yuca y remolacha llegan a los tanques de combustible de los
automóviles en lugar de la boca de las personas.
El giro hacia los autos
impulsados por electricidad e hidrógeno podría eliminar una parte
significativa de este mercado. Si toda esa tierra volviera nuevamente a
la producción de alimentos (una gran suposición, pero hagámosla)
podríamos alimentar a 280 millones de personas más, según un estudio de
la Universidad de Virginia.
Finalmente, está la comida que
cultivamos para alimentar a los animales que consumimos. Casi la mitad
de los granos en el mundo se destina a la alimentación del ganado, según
la ONU. La cría de animales forma parte de muchas culturas; el ganado
se usa para producir otras cosas además de la carne, como lana y
productos lácteos.
Mucho ganado, especialmente en los países en
desarrollo, consume pasto o materias vegetales que los humanos no comen.
Aun así, reducir el consumo de carne a la mitad podría liberar una
cuarta parte del suministro mundial de granos para los humanos.
Cualquier
cantidad de combinaciones de las medidas descritas aquí ubicarían la
producción mundial de alimentos muy por encima de los 7.400 millones de
toneladas métricas necesarias para alimentar a casi 16.000 millones de
personas.
Por supuesto, estos son solo cálculos de fondo. La política,
la economía, la cultura y el comercio juegan un papel importante en el
desarrollo y el comercio, lo que hará que ningún sistema agrícola sea
óptimo. Pero incluso con objetivos más realistas para reducir el
desperdicio, recuperar tierras de cultivo perdidas y redistribuir
nuestro suministro de alimentos, tenemos más que suficiente tierra para
cuidar a una familia global en crecimiento.
Ese no es el único
beneficio que podría provenir de una mejor gestión agrícola. Los
animales rumiantes por si solos —por ejemplo, ovejas, cabras y vacas—
representan al menos 2,5% de la producción de gas de efecto invernadero
global. Comer menos de estos animales significa criar menos, por lo que
las emisiones se reducirían.
Entretanto, la ONU estima que restaurar el
carbono y los nutrientes en los suelos degradados para su cultivo
costaría unos US$300.000 millones (relativamente razonable) y absorbería
el equivalente de todas nuestras emisiones de carbono durante las
próximas dos décadas, lo que nos regala un tiempo valioso para alinear
al resto de la economía global con la meta de cero neto.