Perry Anderson (2015) Imperium et Consilium. La política exterior norteamericana y sus teóricos. Madrid: Akal. (250 págs.)
______________________________ _________________

Anderson,
hermano del politólogo Benedict Anderson, que ha dejado huella en los
estudios sobre el nacionalismo por su concepción de las imagined communities, fue durante muchos años el editor, el alma de la New Left Review,
siempre en primera línea de los debates doctrinales del marxismo
occidental, a veces algo abstrusos. Escribió mucho y participó en todas
las polémicas sobre marxismo continental/marxismo inglés, el
estructuralismo, el postestructuralismo y el posmodernismo. Mantuvo una
célebre controversia con E. P. Thompson y no me considero capacitado
para pronunciarme por ninguna de las dos posiciones porque ambas me
convencen en parte. Desde entonces he venido leyendo aquí y allá
artículos de Anderson y, a veces, algún ensayo iniciado en la NLR. De
hecho, las dos mitades de este libro son sendos ensayos publicados en
2013 en un número monográfico de la revista. Está retirado en los
Estados Unidos desde los años 80 y da clases en la Universidad de
California. Allí ha ampliado su vasto campo de intereses y ha escrito
sobre la India y, ahora, sobre la política exterior de los Estados
Unidos.
La
tesis central de la obra es sencilla: desde el siglo XIX, especialmente
a partir de la guerra contra España, los Estados Unidos han pretendido
siempre ampliar y consolidar su hegemonía imperial en el mundo. La
tendencia se hizo patente a partir de la primera guerra mundial y
dominante a partir de la segunda hasta nuestro días. Mientras las armas
norteamericanas llevan el poder brusco (p. 178) a los últimos rincones de la tierra (Imperium), una pléyade de ideólogos las justifican con distintas elaboraciones teóricas (Consilium).
El autor considera que los intelectuales norteamericanos son, en
realidad, "consejeros de príncipes" (p. 165). Y sus consejos tienen
generalmente un tinte moralmente sombrío. En general, es un libro
sombrío porque levanta constancia de que, por encima de todas las
ilusiones e ideologías cosmopolitas, racionales, kantianas, prevalece la
vieja razón de Estado. De hecho y de palabra. Sin duda la doctrina de
la guerra preventiva, no es una invención de Bush. Es anterior.
Y mucho. Es doctrina romana. Pero son los intelectuales los que la han
resucitado y opera al día de hoy en los Estados Unidos de Obama que la
ha manejado en relación con el Irán (p. 146)
La marcha imperial estadounidense está ya implícita en la doctrina del manifest destiny
y todos los presidentes, de Wilson en adelante, la han perseguido. La
obra tiene bastante valor desmitificador porque presenta a Wilson y al
segundo Roosevelt no como los idealistas, abanderados de la causa de los
pueblos y la libertad, sino como dos políticos sin escrúpulos que solo
pretendían el triunfo estadounidense. Para Anderson, Roosevelt no llevó a
su país a la guerra movido por su antifascismo. Sentía aversión por
Hitler, pero admiraba a Mussolini, "aupó" a Franco al poder y se llevaba
bien con Pétain (p. 29). Roosevelt no quería un New Deal para el mundo. Lo suyo era política de poder, no el bienestar (p. 33).
Esta
visión desmitificadora procede de la llamada "escuela revisionista",
que replantea desde una perspectiva crítica la política exterior
estadounidense desde la segunda guerra mundial. Hace suyos los puntos de
vista de Gabriel Kolko, Gar Alperovitz o William Appleman Williams,
todos ellos muy críticos con la política primero de contención y luego de rechazo
("roll back") de Dulles en 1947 (p. 75), en la guerra fría. Kennan no
sale bienparado e indirectamente se da la razón a Lippmann quien lo
acusaba de fomentar la guera (p. 41).
En
la guerra fría, los Estados Unidos vivieron obsesionados con la
seguridad. Mediante la ley de Seguridad Nacional de marzo de 1947 se
crearon el Departamento de Defensa (antes llamado "de Guerra"), el
Estado mayor conjunto, el Consejo de Seguridad Nacional y la Agencia
Central de Inteligencia, la célebre CIA (p. 45).
La
primera prioridad de la política de contención fue reconstruir Europa
occidental y el Japón siguiendo el modelo capitalista a través del Plan
Marshall (p. 65). En los decenios siguientes, la expansión alcanzaba el
lejano oriente (p. 82) y el Oriente Medio (p. 88). Del Próximo Oriente
no hacia falta hablar. América Latina, alejada de Europa, era un feudo
de los Estados Unidos (p. 93).
La
descolonización fue un proceso con auxilio estadounidense (p. 107). Los
norteamericanos intervinieron decisivamente en el África, como también
lo hicieron los cubanos (p. 109). En los años 70, la conferencia de
Helsinki y el tratado de 1975, en realidad señalaban el triunfo fde
Occidente. Unos años después, Reagan, con sus gestos de actor (Tear down this wall, Mr. Gorbachev!)
y la famosa invención, el bluff de la Iniciativa de Defensa Estratégica
rindió a los soviéticos (p.117). Según el autor la guerra fría no fue
nunca una Niederwerfungskrieg (guerra de aniquilación) sino una Ermattungskrieg (guerra de desgaste) (p. 118).
Con
el fin de la guerra fría, el famoso dividendo de la paz pasó a ser
dividendo de la guerra en interés de los Estados Unidos. Con el GATT
convertido en OMC, el Consenso de Washington (p. 125) y la creación de
la ALCA o asociación de libre cambio de América, los Estados Unidos han
emergido como potencia dominante en un mundo unipolar, con la OTAN
ampliada hasta la spuertas de Rusia (p. 126). Los hechos dan alimento
suficiente para el nuevo revisionismo, crítico con la política exterior
hegemónica, que se basa en todo tipo de retóricas: bombardeos aéreos
como intervención humanitaria, la doctrina de Blair y Clinton de que la
causa de los derechos humanos invalida el principio de soberanía
nacional (p. 129) , la lucha contra el terrorismo (p.130).
La
actual presidencia, menudo chasco para los liberales que creyeron que
la llegada de un negro a la presidencia de los Estados Unidos cambiaría
algo la arrogancia del Imperio. Obama es un presidente tan expansionista
y obsesionado con la seguridad como los anteriores. Desde la segunda
guerra mundial, la criminalidad presidencial ha sido la norma y no la
excepción y Obama, sostiene Anderson, no ha sabido romper con ella (p.
144). Para él, el asesinato es preferible a la tortura (p. 143).
Supongo que a John Yoo, el catedrático de Berkeley que asesoraba a Bush
acerca de cómo la tortura podía ser constitucional en tiempo de guerra,
esta actitud le parecerá poco refinada. Asesinar es siempre peor que
recurrir a técnicas reforzadas de interrogatorio, que es el nombre de lo que algo más al sur se conoce como la bañera. En otro orden de cosas, aunque tampoco muy alejado, la expansión se consigue forzando a los demás, velis nolis, a firmar acuerdos leoninos de libre comercio. El
Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica, trata de
vincular al Japón con el imperio estadounidense (p. 154). Y lo mismo
pretende hacer el TTIP que, al parecer, los socialistas europeos quieren
aprobar si no lo han hecho ya. "La guerra fría había terminado, pero la
policía nunca descansa. Tuvieron lugar más expediciones armadas que
antes, se crearon más armas avanzadas que nunca; más bases se añadieron a
la cadena; se desarrollaron más doctrinas de amplio alcance sobre la
intervención. No había vuelta atrás". (pp. 159-160).
Últimas
noticias: el Imperio está más fuerte que nunca. Domina los mares, tiene
ocupada militarmente una serie de países. Controla los cielos de otros.
De casi todos, en realidad. Posee bases militares en docenas de países
que se dicen soberanos, entre ellos España. En el libro no se habla de
ello, pero el Imperio pretende igualmente el control de internet y el
ciberespacio.
La
segunda parte del libro es una especie de reseña bibliográfica de la
producción norteamericana más reciente, tanto académica como de ensayo
divulgativo en sus autores más relevantes, una especie de review article.
Partiendo de las tradiciones autóctonas de una interpretación de la
hegemonía benigna de Norteamérica en la línea del idealizado Wilson,
repasa las obras más significativas en la interpretación de la política
exterior estadounidense en la que prevalece la vieja obsesión por la
seguridad y la perspectiva realista, si bien con distintas versiones,
unas más convincentes que otras. La tesis de Brzezinski de que el fin de
la guerra fría, lejos de aportar más seguridad a los Estados Unidos les
ha aportado menos es claramente instrumental en el sentido de proseguir
la carrera de armamentos y la mayor potencia destructiva del planeta,
aunque el efecto intimidatorio de esta es curiosamente menor que el que
tuvieron las dos primitivas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
No obstante sigue siendo dogma realista que la proliferación de armas
atómicas favorece la paz (Kenneth Waltz).
Especial
interés tiene la obra de dos internacionalistas, Thomas M. O. Barnett
para quien la clave de los Estados Unidos, su secreto. su revolución
propia es el capitalismo y este ha triunfado (p. 230). Hay que superar
la brecha entre desarrollo y subdesarrollo, pero estamos en camino (p.
231). Aunque quizá no haya que tomarse esto muy en serio viniendo de un
realista. Richard Rosencrance, ya en el segundo mandato de Obama, está
preocupado por la decadencia relativa de los EEUU en relación con la
China y la India (p. 236).
Termina
Anderson con tres observaciones amargas de distinto orden: 1) los
especialistas en relaciones internacionales no se ocupan de la economía y
no entienden la crisis. 2) la Zollverein que va de Moldavia a
Oregon requiere una articulación política que nadie sabe cómo se hará.
3) La consolidación de la hegemonía del "siglo americano" se lleva a
cabo con ampliación y represión: terrorismo, secuestros, asesinatos
selectivos desde el aire, etc.
Hace suyas las desengañadas palabras de Christopher Layne, "las hegemonías benignas son como los unicornios: animales imaginarios" (pp. 243/244). Este crítico así lo cree también.
Hace suyas las desengañadas palabras de Christopher Layne, "las hegemonías benignas son como los unicornios: animales imaginarios" (pp. 243/244). Este crítico así lo cree también.
(*) Catedrático emérito de Ciencia Política en la UNED
No hay comentarios:
Publicar un comentario