
Desde esta perspectiva, el panorama es malo porque además la bajada responde al descenso del precio del petróleo, lo que significa que para el resto de los países de la Eurozona también lo ha hecho. Esto supone que el diferencial con nuestros socios y competidores comerciales se mantiene y con él se consolida la pérdida de competitividad de los bienes y servicios españoles en los mercados exteriores.
Por otra parte, la inflación crece por encima del incremento de los salarios pactado en convenios. En consecuencia se pondrán en marcha las cláusulas de revisión salarial para que los trabajadores no pierdan poder adquisitivo.
El resultado es un encarecimiento de la mano de obra que, en una coyuntura recesiva, contribuirá a acentuar el proceso de destrucción de empleo. Este es uno de las fallas estructurales más importantes de la economía española.
La ligazón de los salarios al IPC es un error y se convierte en un desastre en las fases bajas del ciclo. La idea de que las rentas del trabajo no pueden nunca bajar es absurda. Los salarios son un precio y si su oferta es mayor que su demanda y no descienden, el paro aumenta; elemental querido Watson.
Probablemente, la inflación caerá más a lo largo de los próximos trimestres a causa del desplome de la economía pero ese es un consuelo siniestro. En cualquier caso es positivo que, al menos y de momento, parece haberse quebrado la trayectoria alcista de los precios.
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