
Esta semana se publicaban las estadísticas relativas al mercado de viviendas: han caído las transacciones a niveles de hace trece años. Tampoco tranquilizan los datos del mercado de trabajo ni los de inflación.
En definitiva, la recesión sigue planeando como una espada de Damocles y quién se atreve a apostar por algo con un riesgo asumible.
Los índices bursátiles se mueven a golpe de noticia, rumor o dato. Cualquier cosa para vender o comprar. Es verdad que muchas empresas se han quedado a precios atractivos, pero quién asegura que no van a bajar más y que no nos vamos a quedar pillados a los precios actuales.
Ya sabemos que la Bolsa es mejor jugarla a largo plazo; que no hay que mirar las cotizaciones si no se va a poder resistir. Pero también es verdad que el dinero es sagrado y todos quieren correr los menores riesgos posibles.
La semana acabó con premio, la mayor del año, pero con muchas dudas un día sí y otro no. Las cosas están complicadas y nadie se atreve a pronosticar que hemos tocado suelo. De ninguna manera se han purgado los excesos y nada bueno pasará hasta que eso no suceda. Esto vale para Estados Unidos, para Europa y por supuesto para España.
En nuestro país empezamos a ver la cabeza de un monstruo del que van cayendo trocitos y del que no sabemos el final. El derrumbe del sector inmobiliario es ya un hecho y de ahí al paro masivo van a mediar unos meses, Y de ahí a la implicación real del sistema financiero español otro tanto. Se está vigilante, pero hay dudas.
Mucha prudencia porque es muy fácil quedarse colgado. Nunca a largo plazo, claro. Pero desde luego si van a necesitar el dinero a invertir en un tiempo determinado, piénselo bien. Aún sigo pensando que lo peor está por venir por más descontado que digan que esté.
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